Cuando llevas toda tu vida al lado de alguien,
no le miras a los ojos con la misma atención,
desactivas tus sentidos,
dejas de ver.
Y, por extensión,
dejas de percibir sus peculiaridades, su esencia.
Sus costumbres se vuelven pesadas
y la convivencia puede caer en la monotonía.
Un día, alguien maravilloso,
al conocer a Maleni, comentó con simpatía:
“¡pero a dónde vas tú
con un ojo verde y otro marrón!”.
Yo me sorprendí:
ya no recordaba esa característica física de mi hermana.
Pendiente de gestionar sus horarios y rutinas,
convertido en supervisor más que en hermano
había dejado de ver sus ojos
únicos como ella.
Autor: Antonio Leal y Jesús Villegas