Cuando yo era pequeño
mi madre me decía
que algunas cosas
se hacían mejor entre dos.
Más que un consejo, era un desahogo,
ya que mi padre casi nunca estaba en casa.
Y, cuando estaba, no solía encargarse de las tareas domésticas.
Así que de vez en cuando me tocaba
doblar las sábanas con ella.
Lo recuerdo como un momento divertido.
Como si fuera magia,
cuatro esquinas por aquí,
cuatro por acá,
vualá, una había desaparecido.
Como un baile,
acercarse y alejarse,
cruzar los brazos al doblar,
uno por aquí y otro para allá.
Desde que mi hermana vive con nosotros
hemos trabajado su autonomía,
hasta el punto de ser capaz
de doblar sola todo.
Incluso las sábanas.
Hasta que, un día, al verla,
me acordé de mi madre.
Y, cara a cara,
cogimos cada uno dos esquinas
y nos pusimos a doblar.