Hay momentos
que nos sacuden
por dentro.
Nos tocan los huesos
con las ráfagas
de un viento
que nos salpica
la forma o la estructura,
con el agua de ese mar
que nos escupe
un viento
que todo lo sopla.
Esta semana
la voz tembló,
el cuerpo se congeló.
El miedo
en forma de miedo,
sin palabras bonitas
que lo maquillen
o le suavicen
los contornos,
nos sacudió la estructura
y nos tocó los huesos.
Pero los huesos
son duros:
de roer.
Y eso ya lo sabéis,
ya que sois parte
de nuestra fuerza,
o de la dureza:
de nuestros huesos.
Estructura fuerte.
Fuerza que abunda.
Abundancia:
en nosotros
y en los huesos.
¿De qué se hizo
la tormenta?
Os lo compartimos,
en susurro abierto:
Maleni volvió a
desmayarse
y en el cuerpo que cae
se reveló un nuevo
compás
en la melodía
con la que baila la vida:
la necesidad de un
marcapasos,
un hacedor
o guardador
de nuevos ritmos.
Marcador
que abrazará su corazón
este sábado,
para custodiarle
el camino,
que solo se hace
caminando.
Maleni está tranquila
y con el corazón
lleno y abierto,
a la vida y a Lamandala.
No es un final, nunca es un
final.
Era punto y seguido,
¿recordáis?
Es una pausa
de ventana abierta
para que pase el viento
y se abra el corazón:
a la calma que emerge
después de la tormenta.
Seguimos.
Con el corazón abierto.
Cristiana Santos Ribeiro