Al sueño había que ponerle nombre.
Quizás podía tener que ver con algo que le gusta mucho a mi hermana: los mandalas.
Nos parecía buena idea.
Pero el dominio Casa Mandala estaba ocupado.
Podíamos probar a mezclar mandala con su nombre: Casa Magdala.
Y resulta que dimos con un lugar que ya existía,
una casa de huéspedes en la ciudad natal de María Magdalena.
Pues le ponemos su diminutivo: La Casa de Maleni.
Cristina me advirtió:
“Pero ella dice que se llama Magdalena”.
Llevaba razón.
Maleni había dejado de usar su apelativo familiar,
hasta el punto de olvidar cómo se pronuncia.
Pero el sueño del mandala seguía ahí.
Y se hizo realidad, físicamente hablando, antes que la Casa de Maleni.
Un mandala creado cooperativamente,
con el equipo de diseñatas de Igualarte.
Esa obra de arte resumía el proyecto.
Maleni había pasado de colorear sola
dibujos ya impresos de 400 centímetros cuadrados
a pintar en equipo un lienzo de 40000 centímetros cuadrados.
Juntos vamos a añadirle a este proyecto los ceros que sean necesarios
para que el sueño de la vida independiente de muchas personas
se vuelva posible.