Cuando el miedo no frena

Maleni estrecha la mano de Suso delante del cuadro del mandala que decora el local que va a alquilar

Hace diez días, mi hermana se desmayó. Estuvimos doce horas en urgencias. Nos llevamos un susto bastante grande. Por suerte, le hicieron pruebas y no encontraron nada.

Diagnóstico: síncope sin datos de alarma.

Pero no me atreví a contarlo. El qué dirán me pesó más. Pensé que alguien podría juzgarme. Que quizás parecía imprudente seguir adelante con su proyecto.

En cambio, mi hermana siguió avanzando. Aquella noche en el hospital entró por primera vez en su vida a hacerse dos TAC sin compañía. De la última prueba salió sonriendo, consciente de su logro.

Unos días después, no dudó en acudir a la intervención dental que tenía prevista. Tenía claro su objetivo: volver a comer manzanas.

Nunca la vi sostener sus miedos de una manera tan adulta.

Tres días más tarde, se apagó todo. Y, una vez más, mi cabeza se llenó de incertidumbre. Teníamos previsto ir a firmar el alquiler del local al día siguiente.

¿Era una locura emprender en este momento en que todo parece tan convulso? ¿Estaba yo gestionando bien los exiguos recursos económicos de mi hermana?

Igual es una tontería, pero ir al supermercado a comprar unas latas de conserva me ayudó a pensar que quizás no era tan mala idea montar un negocio con alimentos no perecederos en un local con iluminación natural. Si volvíamos a sufrir otra epidemia, apagón, guerra o lo que fuera, al menos tendríamos una buena despensa.

Además, cada día le veo más ventajas a que trabaje cerca de casa en lugar de tener que desplazarse en autobús urbano hasta la otra punta de la ciudad.

Bien. Mi mente racional ya había encontrado suficientes motivos para no detenernos.

Pero lo cierto y verdad es que pasé todo el apagón intentando entender qué pasaba en el mundo. Con muchas dudas.

Fui a casa de Pura a visitarlas, les dejé dos linternas y hablé con la vecina, Celia. Esa noche sería nuestro ángel de la guarda.

Y, a la mañana siguiente, nos despertamos con luz.

Fuimos hasta el local y Magdalena Leal firmó el contrato de alquiler.

Suso, el zapatero del barrio y dueño del local, le dio la mano y le dijo: “Ahora eres la jefa de este sitio”.

Así empieza LAMANDALA.
Con un apretón de manos. Con miedos.

Una
nueva
vida.

en 9 meses

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