Tras la muerte de nuestra madre, mi hermana se quedó en Sevilla. Habíamos tomado una decisión: ya no volvería a nuestra casa. Era necesario.
Se quedaría en Galicia solo si encontraba su propio espacio de independencia.
Así se lo transmitimos al equipo de EVD Galicia. Estaban comprometidos y se pusieron en marcha de inmediato.
Nos dimos un mes. Otra prórroga más.
Vimos la luz al final del túnel y, por fin, comenzaron las obras.
El 31 de enero sería el día de la mudanza.
Maleni llegó acompañada de nuestra hermana mayor.
Se instalaron en un piso turístico, desde donde fue retomando sus rutinas.
Quedaron con Pura en el barrio para ir al zapatero y hacer copias de las llaves del piso que, pronto, esperamos, compartirán.
Llegó el día señalado, pero el piso seguía en obras.
Y además ese día no era posible que Pura viniera desde la residencia donde aún vivía.
Había que buscar otro lugar para dejar el mandala.
Hablando con el zapatero, nos ofreció un local.
Pequeño, reformado, dentro de una galería comercial.
Y entonces, como si alguien escribiera por nosotros,
el resto del plan se desplegó.
Fuimos a Igualarte a recoger el mandala.
Los diseñatas nos despidieron con cariño.
Cargamos la pieza —dos metros cuadrados— en una furgoneta enorme que nos dejaron en APAMP.
Parecía vacía, pero estaba llena de vida.
Mientras conducía, sentía el aliento de todos los que alguna vez se habían subido a ella.
Sabía que nos animaban en ese momento.
Llegamos a Coia.
Acompañada de unos cuantos amigos, mi hermana levantó la verja.
Con fuerza.
Y entre todos los presentes, colgamos el mandala.
Quién sabe si Maleni, además de encontrar un lugar donde compartir su vida independiente, ha descubierto su propio espacio de trabajo.