Uno de cada diez españoles tiene algún tipo de discapacidad.
Más de cuatro millones de personas.
Se les clasifica en categorías según el tipo
y en grados según la gravedad.
Se les analiza en estadísticas:
su nivel de formación, su tasa de ocupación
y hasta su esperanza de vida.
Y todo eso es necesario.
Pero son personas con nombre y apellido.
Con experiencia, mucha, y sueños.
Y cuando se unen para luchar por sus derechos,
por sus vidas,
en una asociación, o donde sea,
no deberían pasar a ser un dato en la cuenta de resultados,
ni un número para engordar la población beneficiaria,
no pueden ser simples usuarios de servicios,
que pagan una cuota.
Son algo más que socios numerarios.
Tenemos que promover que puedan ser personas independientes y activas,
con necesidades de apoyo, como todos,
pero libres y con autonomía.
Que se puedan asociar sin discriminaciones,
sin barreras de acceso, sin puertas cerradas.
Dejando a un lado los dis- los in- y los minus-
Y que se pongan por delante:
las capacidades, las posibilidades y la valía.