Ver a tus hijos jugar,
juntos,
escuchar sus risas,
observar el mundo imaginario que construyen.
En uno de mis recuerdos infantiles,
estoy con Maleni
construyendo una estructura con sillas,
en el pasillo del piso de Triana,
en “to´ el medio”,
que se diría por nuestra tierra.
Recuerdo ese momento con vividez:
era feliz.
En parte, supongo, porque nos estaban dejando montar un lío tremendo
sin interrumpirnos con mensajes amenazantes como
¡luego lo vas a tener que recoger! o ¡menudo follón estáis montando!
Ahora que lo pienso
-no había caído hasta este momento en la cuenta-
esta maravillosa locura fue posible gracias a mi hermana,
porque, cuando estoy con ella,
los milagros parecen posibles.
Estoy seguro de que mis padres,
cuando nos vieron montar semejante “tinglao”
simplemente sonrieron,
y respiraron profunda,
felizmente.
Es también lo que yo siento cuando veo
a mis hijos jugar juntos:
la felicidad más grande,
la paz más honda,
ante lo que no puede ser mejor.