Esta semana algunos discuten
sobre la utilidad de modificar el nombre que les ponemos a las cosas:
Eufemismo, le llaman.
Olvidan quizás que detrás de las palabras
están las ideas,
detrás de las ideas, en muchas ocasiones,
la misma ciencia,
y delante, muy delante, las personas.
A principios del siglo XX circulaba una teoría psiquiátrica
que estaba ganando terreno en la época
según la cual la medicina iba a destruir la raza humana,
porque permitía la pervivencia genética de la población más débil.
Quién iba a decir que basándose en esa idea,
en la Alemani nazi entre 1939 y 1945
serían asesinadas unas 300.000 personas
consideradas “mentalmente defectuosas”.
Se llamó la operación Aktion T4.
También, a principios del siglo XX, se graduó Einstein.
Dos años más tarde, nació su hija primogénita, Lieserl.
Nada se supo de su existencia hasta 1987.
Cuentan que, al final de su vida,
Einstein le comentó a alguien
que su hija era una idiota mongoloide.
Esta historia me recuerda la primera vez que leí
en los papeles de mi hermana
un certificado que ratificaba
que Maleni, además de subnormal,
era mongólica.
Así se le llamaba al síndrome de Down
cuando nació: idiocia mongólica.
Hace menos de un siglo.
Y por todos ellos (los asesinados en la operación Aktion T4, la hija de Einstein, mi propia hermana…)
cada palabra y cada paso cuentan.
Claro que cuentan.